Sobre los autores, las obras, la vida digna y todo lo que pasa en medio

Por estos días está cumpliendo 80 años en vigencia la Ley 11.723 que en Argentina regula la Propiedad Intelectual y la explotación de los derechos de los autores.

A raíz de este nuevo aniversario, se han reavivado varios debates al interior de los grupos interesados en la libre circulación de la cultura (entre cuyas filas me incluyo) acerca de las verdaderas implicancias que tuvo la aplicación de esta ley y las consecuencias que hasta el día de la fecha estamos -creo- padeciendo.

Y digo “padeciendo” porque verdaderamente todos los bienintencionados objetivos que pudo haber tenido implementar una normativa de este tipo allá por 1930 hoy están lejos de ver sus frutos: la ley solo ha profundizado la tendencia monopolizadora de las gestoras colectivas, ha cercenado la actividad difusora y de apoyo a la investigación por parte de las bibliotecas y ha incrementado las distancias entre aquellos autores de cualquier rama artística considerados “exitosos” o “populares” (bajo un modelo de industria cultural que me parece obsoleto) y aquellos que no lo son tanto.

Todo esto no sólo genera inconvenientes y disputas al interior mismo de las comunidades de artistas y autores, sino que atenta directamente contra los derechos declarados internacionalmente y que adoptaron carácter constitucional en nuestro país desde 1994. Y estos dos niveles a su vez pueden vincularse entre sí porque están directamente asociados a la aparición de un actor que opera como intermediario: las Sociedades de Gestión Colectiva (SGC). Me parece que el principal inconveniente no es que existan, sino que (al menos en Argentina) se convirtieron en espacios de poder donde los artistas se ven obligados a afiliarse para poder percibir las ganancias de la explotación de sus obras, precisamente por la existencia de leyes como la 11.723 

Como explica Beatriz Busaniche en este artículo, “En muchos casos, las entidades de gestión colectiva defienden su propia existencia argumentando que los autores individualmente se ven impedidos de ejercer sus derechos patrimoniales en un entorno global donde las obras circulan más allá de las fronteras y el control de su uso se torna cada vez más complejo”. Podemos coincidir en que en la práctica esto sea más o menos verdadero. El problema se genera cuando estas SGC -siguiendo con la propuesta de Busaniche- “…se convierten en voceras y lobbystas directas de la profundización de los derechos de propiedad intelectual, sin medir sus consecuencias en el derecho de acceso a la cultura por parte de la ciudadanía” y proponen, por ejemplo, incrementar los años de protección de las obras y por lo tanto de las licencias obligatorias sobre ellas, o impiden que los autores decidan sobre su propia producción y los modelos de circulación que prefieran.

Y así surge el primer gran malentendido que suele existir al respecto: los autores creen que a través de la afiliación en una SGC tienen “resguardados” sus derechos patrimoniales sobre las obras y asegurada la remuneración pertinente, dejan de considerar factibles otros modelos de gestión y cualquier oposición por parte de algunos sectores de la ciudadanía a las condiciones de la ley es considerado un ataque directo a sus derechos como autores. Si no me creen, pueden ver los comentarios al artículo publicado en La Nación, a cargo también de Beatriz Busaniche.

Entonces, el derecho de los ciudadanos al acceso a la información y a la cultura deviene un aspecto secundario y subsumido a una lógica que pasa a ser económica y no legal. Quiero decir que el discurso que se construye según los términos que defienden las leyes de Argentina y las propuestas que llevan adelante la mayor parte de las SGC, indica que los ciudadanos debemos adquirir las obras que deseemos siempre bajo un intercambio de tipo comercial que ellos controlan y se aseguran que se cumpla para poder “resguardar los derechos de los autores”. Además consideran que aquellos que no pueden afrontar los costos económicos tienen forma de acceder legalmente a los “bienes culturales” gracias a la existencia de espacios públicos destinados a tal fin, como por ejemplo las bibliotecas.

Siguiendo con la discusión que empezamos en el post anterior, ¿cuáles serían las opciones para los usuarios? ¿regirse a las normas y abandonar “mágicamente” todas las prácticas cotidianas, naturalizadas, bienintencionadas, dirigidas a compartir y hacer circular la cultura que viven? ¿seguir “pirateando” y dejar que las legislaciones se vuelvan nacional e internacionalmente más restrictivas y más punitivas con relación a los usuarios? 

Yo creo que no. Yo creo que es hora de entender que no todo lo que las SGC plantean como avances y mejoras para los autores son tales cosas, que las leyes que realmente quieran proteger a los creadores deben asegurarle medios para vivir sin avasallar sus derechos a decidir sobre los modos de compartir, distribuir y cobrar por sus obras. Pero sobre todo creo que es hora de exigir como ciudadanos que estas medidas encuentren un equilibrio que permita asegurarnos a todos la participación en la cultura y el acceso a la información. 

Y me encantaría que alguna vez todos los autores, artistas y creadores de todo tipo entiendan que los ciudadanos no somos el enemigo.  No pretendemos “dejar de pagar y tener todo gratis” (como pregonan la mayoría de las SGC). Creo que la mayoría de nosotros queremos sentir que estamos ayudando a los autores cuando compartimos, queremos que los recursos que se generan con su trabajo se distribuyan de la manera más equitativa y transparente posible y que cada uno de los artistas decidan libremente si quiere o no afiliarse (¡y dónde!) y qué hacer con su creación. 

Porque, volviendo al principio, ¿qué es un autor? 

Todos podemos decidir serlo algún día, ¿no? ¿Queremos realmente este modelo de gestión de nuestros derechos?

 

P.D.: Para los que quieran seguir con este debate, además del espacio del blog, pueden seguir los aportes que hay vía Twitter bajo el HT #JubilenLa11723 , las críticas de Thom Yorke sobre los intermediarios en la música mainstream, las propuestas alternativas para la música en esta entrada de blog de RedPanal y si están en Buenos Aires, participar de este evento

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2 pensamientos en “Sobre los autores, las obras, la vida digna y todo lo que pasa en medio

  1. Excelente Anita, completísimo! A todo tu análisis solamente agregaría que las SGC están presionando para que su modelo de gestión sea también omniprescente en Internet, dejando de lado que lo que algunos llaman “piratería” es intercambio entre pares en comunidades de compartición. O sea, no solamente hay un mundo comercial ahí afuera, que es lo que parecen ver siempre estas entidades. Quizás las leyes deberían regular el tipo de uso y no la copia, de manera que las SGC tuvieran que dedicarse a gestionar solamente lo comercial (y capaz hasta por ahí). Hoy en día, todo uso es considerado reproducción y toda reproducción cae bajo su cada vez más amplio radio de acción.

    • Gracias Mariana, coincido con el problema de entender “reproducción”, creo que es un punto álgido y donde las SGC no quieren ceder ni un ápice. Obviamente, es lo que más afecta a los usuarios, no solamente aquellos que quieran compartir libremente, sino aquellos que se ven obligados a pagar aún cuando no están haciendo uso comercial de las obras. En Argentina es muy discutido el tema con SADAIC, ya que las personas que realizan fiestas privadas (casamientos, cumpleaños de 15, lo que sea) se ven obligadas a pagar a los inspectores o a la administradora del espacio físico, y claramente no se trata de un uso comercial de las canciones. Creo que estos debates son cada vez más necesarios y no solamente es los círculos relacionados a la cultura, sino por los ciudadanos en general.
      Gracias a ustedes, como Ártica, que nos dieron la chance de compartir estas opiniones y experimentar (en mi caso) con esto de mantener y gestionarse el espacio cibernético del blog, jaja!

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